CRÍTICA
por Julio Rodríguez
Chico
Madre e
hijo
El debutante Juan Solanas nos ofrece un drama
social y humano en torno a la adopción y a la
soledad de algunas buenas mujeres que luchan por
sobrevivir en un mundo difícil. Para ello, lleva
su cámara a la región del nordeste argentino para
recoger una realidad sin apenas adulterar, con su
belleza natural y también con su miseria material
o moral. Pero no quiere una historia particular ni
localista, y por eso traslada a esas tierras a una
ciudadana europea, de posición acomodada pero
insatisfactoria, con otro tipo de pobreza que el
dinero o el trabajo no pueden
aliviar.
Entiende Solanas que la felicidad no
está en el bienestar material y por eso cruza las
vidas de dos mujeres de origen, cultura y clase
social diametralmente opuesta, pero con
sentimientos y necesidades coincidentes. Busca
adentrarse en su interior y no se conforma con
registrar una sociedad corrupta e injusta. Le
interesa más bucear en el alma de sus
protagonistas, que la cámara recoja sus angustias
y sufrimientos, su necesidad afectiva y su
desorientación, su sentimiento de soledad y su
desamparo. Hélène es una francesa cuarentona pero
soltera, que ha triunfado en su vida profesional
pero que siente la necesidad de ser madre, que
busca en la adopción a alguien en quien volcar
todo su afecto. Juana, al contrario, es ya madre
soltera de un chico, pero vive en unas condiciones
indignas y está amenazada de desalojo de su
chabola. Problemas de índole diversa alimentados
por una turbia red de adopciones o un entorno de
pobreza e insolidaridad, obligan a seguir unos
caminos de ilegalidad, violencia y lucha por la
supervivencia.
Como hicieran recientemente John
Sayles ("Casa de los
babys")
y Bertrand Tavernier ("La pequeña
Lola"), el cine vuelve a interesarse por un tema
muy actual del tercer milenio. No se trata
únicamente de la adopción ilegal, sino de todo lo
que le rodea: la corrupción, tráfico de órganos y
prostitución infantil, la pobreza y explotación de
la miseria por parte de algunos desalmados, las
paradojas de una cultura de la muerte (guerra,
capitalismo salvaje, reducción de nacimientos,
aborto…) que busca fuera del propio ámbito
criaturas ante las que poder sentir la vida y
desplegar sus restos de
humanidad.
Ahora,
Juan Solanas despliega su
narración en torno a tres ejes, a tres personas
con una problemática dispar pero coincidente en la
tristeza y angustia de su
situación. Hélène representa a la
mujer burguesa de éxito que un día se da cuenta de
que está vacía por dentro. Por razones
desconocidas –hubiera sido interesante algún
apunte del pasado que contribuyera a perfilar su
personalidad–, está sola en la vida, y decide dar
un giro a su existencia y "tener" (comprar) un
hijo: da igual si es niño o niña, rubio o moreno…,
pues se trata de llenar su corazón helado y
solitario, de recuperar sensaciones humanas y
tener un proyecto vital. La francesa
Carole
Bouquet da vida a esta mujer
ansiosa de sentirse madre, y lo hace con un
personaje que evoluciona de manera convincente
desde posturas distantes, tensas y de "gestión" de
quien hace un viaje para la adquisición de un
niño. Pero ese viaje de esta mujer sofisticada y
de buenos modales, será para ella un "viaje
interior" porque descubrirá un mundo desconocido,
con dramas que empequeñecen sus problemas
personales, lugares que invitan a la meditación y
a la paz, personas sencillas y de buen corazón de
las que aprender. Se agradece su esfuerzo por
hablar el castellano con acento extranjero
–y que no
haya sido doblada–, pues
aporta la frescura de lo verdadero. Si en los
primeros momentos deja al espectador frío y
desconectado de la historia, conforme avanza la
trama, logra trasmitir toda la tensión acumulada
por su personaje, y, en el instante en que recibe
al bebé, alcanza cierta emotividad, con un
embelesamiento materno que habla de una necesidad
satisfecha y largamente
esperada.
La joven Juana no tiene esos
problemas de afectividad, pero sí otros derivados
de su modesta condición. Su tragedia es en primer
lugar de orden material, aunque también nota la
ausencia de quien la proteja de los abusos y
extorsiones, de quien la ayude en la crianza de su
hijo. La desesperación llega cuando queda
embarazada y es animada a desprenderse del hijo
mayor, cuando se siente incapaz de resolver una
situación que la asfixia. Su personaje no
evoluciona en sus coordenadas vitales pero sí
progresa en su dramatismo, gracias a una
desconocida Aymará Rovera
que en todo momento
respira autenticidad y espontaneidad. A su
lado, Ignacio
Ramón Jiménez da vida a Martín, niño
desorientado que echa en falta la figura paterna,
que camina al filo del precipicio entre unos
amigos tan perdidos como él y una madre que no es
capaz de darle lo que necesita. Sus silencios y
sus miradas son las de tantos niños que sufren
atropellos en su fragilidad, que carecen de
modelos a los que imitar, abandonados a su suerte
sin ayuda ni dignidad, sin
esperanza.
Las
interpretaciones de este drama humano y social
resultan convincentes, cada una en su papel, pero
ello es posible gracias a una acertada labor de
ambientación que recurre a una fotografía de grano
grueso y baja definición para dar realismo a unos
lugares de pobreza y a unas almas que se mueven
entre las asperezas de la vida. Hay algunos
momentos emotivos, pero siempre recogidos desde la
distancia, como si el director y el espectador
sólo asistieran desde fuera al drama de sus
personajes, evitando cualquier manipulación
emocional que hubiera sido fácil con una banda
sonora “ad hoc”. Pero estamos ante una cinta
independiente y de bajo presupuesto, que busca más
el testimonio y la veracidad que acomodarse a los
gustos fáciles y sensibleros. Y sin embargo, la
cámara logra introducirse en sus almas y trasmitir
su ansiedad y amargura, su lucha por la vida y los
movimientos de su corazón. La planificación es
aparentemente descuidada por los mismos motivos,
eludiendo cualquier asomo de artificiosidad o
estilización; a pesar de eso, hay momentos de
largos planos en los que la cámara se toma su
tiempo y simplemente se queda quieta para
contemplar una puesta de sol, la pobreza de un
rincón o la soledad de un pasillo de
hospital.
El resultado es interesante,
aunque algunos aspectos del guión –retrato de
personajes y subtramas– queden escasamente
desarrollados y otros resulten confusos o
desentonen con el carácter intimista de la
historia. Un film áspero y duro, seco, próximo a
una triste realidad, la del tráfico de niños
dados en adopción y la de mujeres que necesitan
querer y no pueden. No es el cine argentino
complaciente de Juan José Campanella, ni el
minimalista de Carlos Sorín, ni el asfixiante y
sórdido de Lucrecia Martel. Está a medio camino de
todos ellos, entre el documental y la ficción,
bien pegado al terreno humano y social. Gustará a
los interesados en temas sociales y a quienes
prefieran las historias interiores verosímiles a
las endulzadas con artificio.
Calificación:     
Imágenes
de "Nordeste" - Copyright © 2005 Monfort
Producciones, Onyx Films, K2 y Polar Films.
Distribuida en España por Monfort Producciones.
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